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Arjona, tradición viva entre corralejas, cachera, vallenato y bastimento

Arjona, tradición viva entre corralejas, cachera, vallenato y bastimento

En Arjona las tradiciones rurales sobreviven en la memoria de sus habitantes. Aunque el pueblo ha cambiado con el paso del tiempo, la esencia de sus fiestas, su gastronomía, sus oficios y su música siguen marcando el ritmo de la vida cotidiana.
Pie de foto: Alfredo Chimá y Luz Marina Bossio conversan en la tienda donde ella atiende desde hace décadas.
Por: Stephanía Meléndez y Yulisa Castro.

Alfredo Chimá, historiador y zapatero; conductor de un espacio en el programa Movimientos Culturales del Ministerio de Cultura y dueño de un negocio que lleva abierto más de 45 años en el mismo local de Arjona, y Luz Marina Bossio, vecina que ha atendido la tienda contigua durante cuatro décadas, reconstruyen juntos las tradiciones que han marcado la historia y la cultura popular del pueblo.

Arjona ha sido desde su fundación un pueblo agropecuario, festivo y solidario. Las corralejas, expresión de esta identidad ganadera, siguen siendo uno de los símbolos más representativos del municipio. Sin embargo, Chimá recuerda con nostalgia cómo eran antes, cuando las corralejas se realizaban en fincas, donde la comunidad se reunía en torno a la tradición.

Chimá relata cómo estas fiestas solían realizarse en las haciendas durante el mes de febrero. “Los trabajadores levantaban las estructuras con palos, construían los palcos y las barreras. Era un evento que reunía a toda la comunidad, aunque los dueños de las fincas eran los únicos que podían subir a los palcos”, explica. Actualmente, las corralejas se celebran en marzo como parte de las fiestas patronales de la Virgen de la Candelaria y se han convertido en eventos multitudinarios que atraen a grandes públicos.

Si las corralejas eran la expresión festiva de la tradición ganadera, la cachera era su instrumento sonoro. Fabricado con un cuerno de animal, la cachera se usaba para llamar a los trabajadores al almuerzo en la finca. Pero también tenía un sentido simbólico, cuando una pareja se reconciliaba después de una pelea, alguien la hacía sonar para anunciar la buena noticia al pueblo. “Era como decir: ‘ya están bien’. La cachera lo decía todo”.

Antes de que el vallenato se tomará las plazas, Arjona celebraba el tradicional festival de orquestas, una fiesta en la que predominaban la música tropical, porros y cumbias interpretadas por agrupaciones en vivo. Era el centro del calendario cultural local, sin embargo, todo cambió cuando alguien llevó el vallenato al pueblo. “No era música de aquí, sino del Cesar, pero pegó fuerte”, dice Chimá. Y pegó tan fuerte que hoy el vallenato es parte central de la identidad arjonera, al punto de que se celebran dos festivales vallenatos al año, aunque la fecha puede variar, siempre se hacen.

El impacto fue tal que varios arjoneros han sido reyes vallenatos en Valledupar, algo impensables décadas atrás, cuando los acordeones no sonaban en las verbenas del pueblo. Lo que comenzó como una novedad se transformó en herencia. Hoy, Arjona vibra con el canto de los juglares locales, y las parrandas vallenatas se han convertido en tradición propia, adoptada y adaptada a su manera.

Luz Marina Bossio es otro testimonio vivo de las costumbres del pueblo. Al preguntarle cómo ha cambiado la gastronomía, responde con nostalgia desde su tienda de abarrotes: “Ya no comen como antes. Antes comían arroz con coco, con carne frita y tajadas maduras de cena, acompañado con tinto, porque aún no había licuadora”. En aquellos tiempos, la comida estaba llena de nutrientes y la cocinaban con ingredientes frescos y de la tierra. Al almuerzo solía servirse sancocho de costilla o hueso, con yuca, ñame o plátano (o como suele ser llamado bastimento). La cena, sin embargo, era más sencilla, solían comer arepas o bollos de maíz molidos en las casas, producto de una molienda artesanal que mantenía vivo el sabor y el trabajo manual. Hoy, dice Luz Marina, las papitas fritas, las salchichas y las gaseosas se han convertido en la cena común, algo muy distinto a aquella cocina tradicional.

La dieta era entonces un reflejo del arraigo campesino, del aprovechamiento de lo que daba
la tierra y del esfuerzo colectivo, todo esto formaba parte de una economía de subsistencia,
pero también de comunidad.

En medio de los cambios que impone el tiempo, Arjona conserva en su gente el hilo vivo de sus tradiciones. Basta con entrar a una vieja zapatería o cruzar la puerta de una tienda de abarrotes para encontrar relatos que hablan de una época en la que el pueblo se reunía alrededor del fogón, del ruedo o de una tarima. Las voces de Alfredo y Luz Marina no sólo rememoran el pasado, lo encarnan. Ellos sostienen, desde sus oficios y recuerdos, un legado que sobrevive entre las nuevas formas de celebrar, de comer y de habitar lo cotidiano. Arjona cambia, sí, pero aún se hace sentir en sus oficios, en sus fiestas y en sus sabores de antaño.

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