Por: Cristal Figueroa y Yerson Correa
En las calles de Arjona, Bolívar, entre el canto de los gallos y el aroma de fritos recién hechos, doña Isabel Pájaro levantó su casa y su vida a punta de maíz, yuca y esfuerzo. Hoy, su historia sigue viva en el negocio que heredó a su hijo.
Isabel Pájaro tiene 81 años y aunque actualmente no puede trabajar por razones de salud, durante décadas fue una reconocida vendedora de fritos y bollos en el municipio de Arjona, Bolívar. Su negocio surgió de una necesidad: “por aquí no había venta de fritos”, cuenta ella, y fue así como se decidió a montar su propia mesa de fritos.
Aprendió el arte culinario de su suegra y de una vecina fritandera, preguntando con curiosidad y aprendiendo con las manos. Preparaba bollos de mazorca, bollo limpio, de yuca y también de coco. “Yo preguntaba cómo se hacía y aprendí, así fue”, dice Isabel con orgullo.
La rutina no era fácil. Se levantaba muy temprano, cuando todavía no existían relojes a su alcance. “Nos levantábamos con el burro, y sabíamos que ya eran como las 3 o las 4”, relata. De ahí seguía el proceso de preparar la masa, calentar el aceite y comenzar la jornada que alimentaría a muchos vecinos.
Con disciplina y sin hacer compromisos, ni fiar, comenzó a ahorrar.
“Yo monté mi casa con los fritos”, afirma. Con lo que ganó, compró varios solares y construyó su vivienda. El negocio, dice, ha evolucionado al “ciento por ciento” gracias a Dios.
Hoy, el local sigue funcionando, atendido por su hijo. Aún llegan clientes fieles que prefieren
“los de Isabelita” antes que cualquier otro.
“Una señora venía y se llevaba 80 fritos para su finca”, recuerda Doña Isabel, mostrando que su legado no solo es reconocido, sino también querido por muchos.



