Su cabello, antes luminoso, se había apagado, aquel tono claro que solía darle luz, estaba ahora teñido por el carmesí de la sangre. Su blusa rota hablaba del conflicto. En su rostro ya no quedaba rastro de la sonrisa que siempre la acompañaba. No era ella.
A medida que se alejaban con su cuerpo, mi hermana sollozaba, y con voz desgarrada repetía “¡mi mamá aún está viva, mi mamá aún está viva!”, mientras yo veía, impotente, cómo su vida se apagaba ante mis ojos.
Mi abuela, Otilia Orozco, contó que mi tío, alterado y con la intención de suicidarse, había sido detenido por mi mamá cuando intentaba quitarse la vida. Según esa versión, en medio del forcejeo el arma se disparó y ella murió accidentalmente. Esa fue la declaración que se hizo pública en El Universal, con la que cargamos por mucho años, aunque no convencidos de ella.
Tras la muerte de mi madre, Yamil cambió como si quisiera borrar sus culpas con regalos, ropa y dinero. Su repentino gesto de generosidad, lejos de reconciliarnos, encendía aún más las sospechas: ¿qué buscaba limpiar con tantas atenciones? La duda se volvió certeza en abril del 2002, terminando Semana Santa, desapareció tras recibir una llamada misteriosa. Ocho días después, lo hallaron calcinado en la Torre Juanillo, apenas reconocible. Su final fue brutal, y lejos de aclarar la verdad, abrió un camino de incertidumbre marcado por heridas y rumores.
Solo entonces, con Yamil fuera del camino, Orlides Soto, la empleada doméstica que había guardado silencio por miedo, reunió el valor de contar lo que de verdad ocurrió aquella mañana. Narró la furia de mi tío al discutir con mi abuela por unas deudas: los gritos, los objetos volando, la amenaza latente contra mi abuela, su madre. Fue ella quien llamó a mi mamá, y fue mi mamá quien lo enfrentó con la firmeza que siempre la acompañaba. Su advertencia de llamar a la policía fue respondida con un disparo en la cabeza. No fue un accidente ni un forcejeo, fue un asesinato, oculto tras una mentira que se sostuvo durante años.
Aquel disparo no solo mató a mi madre, también descosió los lazos que nos unían como familia. Los silencios pesaban. Mi abuela, incapaz de llorar
a su hija, guardó sus lágrimas para su hijo muerto. En las memorias y en los rezos, Yamil recibió la compasión que le negaron a mi madre. Así, el luto por ella quedó opacado por el duelo de su verdugo.
Sin importar cuál haya sido la verdad, aún retumban en mi mente todas esas veces en las que mi madre se preguntaba cuándo sería el momento en el que estuviéramos juntos como familia en la iglesia. Nunca imaginé que ese 28 de septiembre sería el día en que ese deseo se cumpliría, aunque no de la manera que ella esperaba. Frente a su féretro, en medio de la iglesia, mis hermanos y yo, estábamos finalmente todos reunidos con mi madre.