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El último deseo de mi madre

Bleidys Berta Pinedo Orozco, madre de Salim Figueroa Pinedo, falleció a los 36 años. Las circunstancias de su muerte fragmentaron las relaciones con su familia materna.

Soy Salim Figueroa Pinedo, un hombre de cuarenta y cuatro años, de cabello café rendido a las canas, piel blanca, pero ahora pintada por el sol, y carácter sereno. En estos años no había pensado en lo mucho que ha durado esa antigua almohada rosa que mi hija abraza cada noche. Y, al verla, recuerdo a mi madre: su oficio de modista, sus manos incansables y el recuerdo que aún permanece conmigo a pesar del paso del tiempo.
Era martes 28 de septiembre de 1999. Un año especial para mí, llevaba poco de haber empezado mi primer semestre de Arquitectura en la Universidad Rafael Núñez.
Esa mañana, antes de salir, me detuve frente a mi madre, Bleidys Berta Pinedo Orozco, Bertica, como la llamábamos con cariño. Blanca y delgada, de cabello corto castaño, estaba sentada frente a su máquina de coser. Sus ojos, oscuros como granos de café, se fijaban en la tela mientras sus manos ágiles guiaban la costura.
No era solo una madre amorosa, era una mujer trabajadora y apasionada por su oficio, reflejada en cada costura de sus vestidos, al igual que su fe.
Creía en Dios con todo su corazón y su mayor anhelo era vernos algún día, a todos sus hijos, reunidos con ella en la iglesia. Dos ya lo hacían, pero faltábamos mi hermano menor y yo.
Aquella mañana, como de costumbre, me acerqué para recibir su bendición antes de partir. El bus pasó, y con él, tomé mi camino hacia la universidad.
Allí, con apenas unos minutos de haber entrado a la clase de diseño, el decano de la facultad me llamó para informarme que debía regresar urgentemente a Arjona.
En el bus de regreso con el corazón encogido, supe que no me esperaban buenas noticias. Al llegar a la plaza principal del pueblo, frente a la casa de mi abuela, vi un tumulto de gente, la policía y un ambiente de tragedia. Al acercarme, comprendí lo impensable: la protagonista de todo aquello era mi madre.
Apenas tenía 36 años cuando la muerte la alcanzó. Y lo peor fue descubrir que quien había acabado con su vida había sido Yamil Pinedo Orozco: su propio hermano y mi tío.

Su cabello, antes luminoso, se había apagado, aquel tono claro que solía darle luz, estaba ahora teñido por el carmesí de la sangre. Su blusa rota hablaba del conflicto. En su rostro ya no quedaba rastro de la sonrisa que siempre la acompañaba. No era ella.
A medida que se alejaban con su cuerpo, mi hermana sollozaba, y con voz desgarrada repetía “¡mi mamá aún está viva, mi mamá aún está viva!”, mientras yo veía, impotente, cómo su vida se apagaba ante mis ojos.
Mi abuela, Otilia Orozco, contó que mi tío, alterado y con la intención de suicidarse, había sido detenido por mi mamá cuando intentaba quitarse la vida. Según esa versión, en medio del forcejeo el arma se disparó y ella murió accidentalmente. Esa fue la declaración que se hizo pública en El Universal, con la que cargamos por mucho años, aunque no convencidos de ella.

Tras la muerte de mi madre, Yamil cambió como si quisiera borrar sus culpas con regalos, ropa y dinero. Su repentino gesto de generosidad, lejos de reconciliarnos, encendía aún más las sospechas: ¿qué buscaba limpiar con tantas atenciones? La duda se volvió certeza en abril del 2002, terminando Semana Santa, desapareció tras recibir una llamada misteriosa. Ocho días después, lo hallaron calcinado en la Torre Juanillo, apenas reconocible. Su final fue brutal, y lejos de aclarar la verdad, abrió un camino de incertidumbre marcado por heridas y rumores.

Solo entonces, con Yamil fuera del camino, Orlides Soto, la empleada doméstica que había guardado silencio por miedo, reunió el valor de contar lo que de verdad ocurrió aquella mañana. Narró la furia de mi tío al discutir con mi abuela por unas deudas: los gritos, los objetos volando, la amenaza latente contra mi abuela, su madre. Fue ella quien llamó a mi mamá, y fue mi mamá quien lo enfrentó con la firmeza que siempre la acompañaba. Su advertencia de llamar a la policía fue respondida con un disparo en la cabeza. No fue un accidente ni un forcejeo, fue un asesinato, oculto tras una mentira que se sostuvo durante años.

Aquel disparo no solo mató a mi madre, también descosió los lazos que nos unían como familia. Los silencios pesaban. Mi abuela, incapaz de llorar a su hija, guardó sus lágrimas para su hijo muerto. En las memorias y en los rezos, Yamil recibió la compasión que le negaron a mi madre. Así, el luto por ella quedó opacado por el duelo de su verdugo.

Sin importar cuál haya sido la verdad, aún retumban en mi mente todas esas veces en las que mi madre se preguntaba cuándo sería el momento en el que estuviéramos juntos como familia en la iglesia. Nunca imaginé que ese 28 de septiembre sería el día en que ese deseo se cumpliría, aunque no de la manera que ella esperaba. Frente a su féretro, en medio de la iglesia, mis hermanos y yo, estábamos finalmente todos reunidos con mi madre.


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